La vida es un tesoro y sus joyas más valiosas son las lecciones que mamá (con papá) imprimen en sus hijos y que se transmiten a las generaciones siguientes. La fe, unidad, lealtad, complicidad, y sobre todo el amor, afianzan  estos lazos. En la familia que formaron don Ángel Batres y doña Aracely “Chey” de Batres, quedan impresos y son la más preciosa herencia que un matrimonio puede dejar a su descendencia.

Un alegre encuentro

Cuando Aracely Batres de Maradiaga me comentó, con su habitual simpatía, la historia y los afanes de su madre doña Chey inmediatamente quise conocerla. La guapa y recién estrenada abuela me presentaba ese día a su primogénita Elisa Maradiaga de Ruggero y al más bello brote de todo el ramillete: su nieta Sofía Ruggero Maradiaga, alma y corazón de estas increíbles fotos. Percibí entre ellas una conexión íntima y feliz mientras intercambiábamos memorias, contemplando a la bebé de ojos azules. “No me les separo”, sonríe Aracely: “desde que nació casi me he venido a instalar, y aquí pasamos felices”, nos cuenta. El flat de la nueva mamá, ubicado en un edificio en el que también vive la matriarca del clan Batres Segura, es una versión del siglo XXI de los ambientes familiares en que la extraordinaria bisabuela ha vivido y formado a su familia desde pequeña, en su natal Copán Ruinas.

Hasta la fecha, tíos, hermanos y primos se visitan constantemente, en un ambiente de hermandad que nos llena de nostalgia. En el rato en que estuve en casa de doña Chey, nos encontramos con su guapa hija menor Karla y luego llegó a tomar café uno de los hermanos de doña Chey, quien vive en la misma cuadra. A la salida, la amable señora me presentó a otro nieto, de su hijo menor Ángel, quien venía de jugar al fútbol. Así entré en la historia de una dama memorable, quien recuerda con brillante lucidez cada minuto de su vida, en especial el inicio de su bella familia.

Las visité en el marco de la Semana Santa en Tegucigalpa y (tomando prestado el concepto), las pláticas fueron un auténtico reencuentro con la tradición, con esas buenas costumbres que pueden llegar a perderse en los avatares de existencias modernas y a ratos complicadas. El secreto se resume en un amor inquebrantable, en que la presencia maternal es la clave de una comunicación constante, que Aracely nos compartió por escrito al darnos el privilegio de leer cartas para su Elisa: el momento de su nacimiento, su reacción cuando supo que se casaría, su felicidad ante el nacimiento de la primera nieta.  

Todo comienza en Copán

Décadas  atrás en el apacible pueblo de Copán Ruinas, la joven Chey (Aracely Segura Villamil) creció rodeada de primas y tías quienes siempre juntas, eran muy unidas (hasta para cortarse el pelo opinaban). Su abuelo Papá Rafael vivía en el centro del pueblo colonial, en la casa que hoy ocupa el Hotel Marina Copán, y ella con sus padres y hermanos vivía enfrente, yendo y viniendo entre las casas como en los ambientes de las familias de antaño, en permanente contacto unas con otras, y  con la naturaleza circundante. “Tuve la dicha de crecer en ese ambiente, montar a caballo, ir a la molienda, comer cachazas, a tomar jugo de caña”, cuenta, lamentando que estas son vivencias que los jóvenes de hoy casi desconocen.

Chey tenía dieciséis años cumplidos, cuando arribó al poblado el joven pasante de ingeniería civil Ángel Batres con su hermano César y un primo, Jorge Interiano. Acompañaban al abuelo (Ministro de Economía y Hacienda) quien iba con el Presidente Gálvez a inaugurar la carretera a Santa Rosa de Copán. Ellos además de visitar las Ruinas, decidieron conocer a las primas de Jorge.  El abuelo mandó a llamar a sus nietas para presentarles a los muchachos, juntándose todos en la sala de su casa, ubicada donde hoy es el Café Welchez, esquina emblemática del pueblo copaneco. “Allí nos presentaron”, recuerda. Doña Chey insiste en que ella no se fijó en Ángel como él en ella. Ese día los jóvenes les invitaron a una fiesta en la noche, pero solo le dieron permiso a la hermana mayor. Chey subió con su mamá a ver la fiesta desde un balcón, cuando vieron a Ángel y Jorge en la baranda a la entrada de la casa, y allí la volvieron a invitar. A Aracely le encantaba la marimba y sobre todo bailar, le dieron permiso y entró a la fiesta “así como andaba vestida ese día”, cuenta. Recuerda que Ángel encantado con ella, le preguntó cuál era su canción favorita (la que tocaban en ese momento era un clásico de Pérez Prado: “Cerezo Rosa” que bailaron el resto de su vida). Las primas bromean con Chey hasta la fecha de lo bien que lo pasaron aquella noche porque había ido “rústicamente encantadora” a la fiesta, sin arreglo más que la flor de sus dieciséis años.   

Ángel y Chey no se volverían a ver hasta años después en Tegucigalpa, cuando él por casualidad la vio caminando en el puente Mallol, ya que la habían mandado a realizar sus estudios al Internado Normal de Señoritas, entonces a cargo de una dama de origen chileno. Comenzaron a verse, esta vez más formalmente, y el resto es historia.  Ángel y Chey se casaron e instalaron su hogar en la colonia Palmira, en un predio que compartieron por años con la familia del inseparable hermano de don Ángel, el recordado abogado y diplomático don César Batres (QEPD), su esposa doña Mireya y sus cinco hijos.   Angel y Chey también tuvieron cinco hijos, quienes crecieron jugando con sus primos, unidos en una entrañable hermandad que prevalece hasta hoy.

Las nuevas generaciones.

En este momento las damas celebran el más reciente y feliz acontecimiento de las familias Batres Segura: el nacimiento de la primera bisnieta de doña Chey, hija de su segunda hija Aracely, querida amiga de la revista CROMOS desde hace años.  Vale la oportunidad para recalcar la increíble y buena vibra que siempre nos ha transmitido Aracely, casada con el apreciado Edgar Maradiaga Cobos, y nos cuenta la historia de sus familias.

Don Ángel era ingeniero civil, y su trabajo le obligaba a permanecer fuera de la ciudad toda la semana, lo que le dio a doña Chey espacio para entregarse en cuerpo y alma a cuidar de sus hijos. Aracely cuenta divertida como su madre llevaba personalmente a diario la comida caliente a sus retoños, quienes estudiaron en la Escuela Americana, ubicada en la cima de una loma, por lo que a veces llegaban algo maltratada, pero siempre deliciosa. La vigilancia cercana de su madre haría la diferencia no solo por la excelente nutrición que recibieron sus hijos, sino porque doña Chey les transmitió una devoción que a su vez reproducen en sus hogares.

Con la familia Segura, siguieron compartiendo en las vacaciones y fiestas importantes en Copán Ruinas, donde se junta la familia a la fecha. Así, los Batres Segura crecieron en un ambiente de intensa hermandad y unidad, recibiendo una excelente educación, posible gracias al duro trabajo de su padre y a los cuidados y estrictos parámetros de doña Chey. Los Batres Segura siempre destacaron por sus buenas calificaciones y por su participación en los equipos deportivos de la escuela, que les permitieron desarrollarse intelectual y físicamente.

Se nos casa Aracely

 Viendo de cerca el sacrificio y entrega de su mamá, y con el ejemplo de un padre fuera de serie, su segunda hija Aracely decidió estudiar Ingeniera Química en la universidad de McGill en Montreal, Canadá. La guapa ingeniera regresó en 1982 pero pronto volvió al extranjero a cursar estudios de maestría en UCLA en California. Culminados los estudios superiores y ya de regreso, trabajando en IBM, conoce al guapo Edgar Rubén Maradiaga, hijo del renombrado arquitecto y empresario don Francisco “Paco” Maradiaga y de su esposa, doña Irma Cobos de Maradiaga. 

 Aracely y Edgar tuvieron un noviazgo de 2 años donde primaba el respeto y la admiración mutua. La hermana mayor de Aracely, Anabel, era novia de un primo de Edgar, Francisco José, y decidieron casarse en una de las pocas bodas conjuntas que ha habido en la sociedad capitalina, evento alegrísimo con el que dio inicio la familia de las jóvenes. Toda la comida de la boda, de más de 500 personas, fue elaborada por doña Chey, quien hizo gala de su talento culinario.

 Pronto el hogar de Aracely y Edgar se alegra inmensamente con la llegada de su primogénita Elisa Sofía, felicidad plasmada en las palabras que la nueva mamá le escribe a su hija al recordar su nacimiento y que retrata su gratitud:Dios no puede ser más perfecto, me mandó lo que necesitaba, mi princesa, mi compañera, mi amiga, mi confidente, mi cómplice”, le escribe. Enternecen las memorias de Aracely, quien exclama con alegría: “¡Que primeros días Dios mío! ¡Creí que nunca ibas a parar de llorar y comer! ¡Te volviste el centro de mi vida y no solo de la mía… eras la primera nieta y sobrina y todo el mundo enloqueció! ¡Eras la niña más linda del mundo y aún lo eres!”, recalca amorosa. Para no descuidar su ejercicio profesional en aquella primera experiencia como mamá, Aracely se apoyó en su madre doña Chey, quien respondió feliz con su primera nieta. A los pocos meses, sin embargo, nació el segundo hijo Edgar Alberto, y fue entonces que su madre dijo, “uno le cuido, dos ya no, los hijos necesitan de su madre”. En su sabiduría, doña Chey guiaba amorosamente a su hija en la formación integral de su familia.

 Obediente, Aracely pone pausa en su carrera profesional y se dedica a lo más importante en su vida, sus hijos. Después llegó su último retoño, Eduardo Enrique, a quien por igual dedicó los primeros años. Para estar cerca de ellos, regresa al mundo laboral trabajando en el área administrativa de la Escuela Americana de Tegucigalpa, donde había matriculado a sus hijos. Este empleo marca su comienzo en el ámbito empresarial, ya que eventualmente llegó a ser  alta ejecutiva de una prestigiosa institución financiera. Pero por exigente que fuese, el trabajo jamás le impidió faltar a ningún evento escolar o extracurricular de sus hijos. Aracely y Edgar fomentaron tanto el deporte como la excelencia académica.  Fruto de ese empeño, duro trabajo y apoyo incondicional, sus tres hijos se educaron en el exterior y son actualmente exitosos profesionales, y ella afirma: “misión cumplida”. 

La historia de Elisa

Su hija mayor Elisa tras graduarse con honores en la Universidad de Virginia, y con las mismas aspiraciones profesionales de su madre, regresa a Honduras con ilusiones y entusiasmo por ejercer y contribuir al desarrollo de su país. A los pocos meses de regresar, conoce a un joven empresario argentino, quien conquistó su corazón. 

 Ambas evocan los días en que Cristian Ruggero inició su noviazgo con la bella Elisa. “No es nada fácil aceptar que las hijas crecen y siendo la única, fue más complicado, porque era un novio extranjero”, y usa una frase muy hondureña: “yo no sabía qué pata puso ese huevo”.

Mientras Aracely insistía en conocer al guapo argentino, Elisa pedía tiempo para conocerlo mejor, confiando a su tía Karla los detalles de aquella relación que comenzaba. En el estire y afloje entre madre e hija, se daban los acontecimientos. Aracely no sabía que Elisa compartía el mismo miedo por el encantador argentino quien día a día le demostraba sus buenas intenciones con sorpresas y detalles. 

Elisa decidió darle una oportunidad al amor, y Cristian lo aprovechó para sorprenderla. Un día la invita a un evento cultural al teatro Manuel Bonilla que ¡sorpresa! encuentran vacío. Cristian le dice que saldrá a averiguar, de repente se cierran las puertas, se apagan las luces, y  con una canción de fondo, se enciende el escenario. Se abre el telón, y aparece Cristian con una rosa en la mano frente a una mesa para dos iluminada con velas. Rendida ante la inesperada sorpresa, Elisa accede a ser su novia.

 Durante un año y tres meses, no faltó día en que Cristian demostrara a Elisa y a su familia que venía de un hogar con valores que respetaba la cultura centroamericana. A Aracely aún le costaba, pero fue su abuela quien le dio su voto de confianza total, ya que se dio una feliz coincidencia. Resulta que Cristian, varios años atrás, al arribar por primera vez a Honduras, se hospedó en el edificio de apartamentos de doña Chey, quien se encariñó con aquel argentino que venía a trabajar en nuestro país. Así que cuando se lo presentaron, doña Chey no dudó un segundo para dar el visto bueno, que terminó de sellar la aprobación familiar. 

La propuesta matrimonial se dio en las Isletas de Granada, Nicaragua, donde sobre una tarima flotante en medio del lago, iluminado por velas y antorchas les esperaba una cena para dos. Allí Christian le pidió que fuera “su novia para siempre”. Fue así como a los pocos meses, Aracely y Edgar entregaron a su primera y única hija con un nudo en la garganta.

Pronto Elisa y Cristian les informaron que se iban a vivir a Panamá. Fue una decisión dura,  pero Elisa había establecido anticipadamente que haber crecido entre primos y familia, era algo que ella quería replicar, pidiéndole regresar a Honduras al tener hijos, y así fue. Para la llegada de Sofía nace y a los tres años de casados regresan para su nacimiento. A la fecha, Elisa acepta que fue la mejor decisión que pudieron haber tomado. No hay día que la abuela y bisabuela no vean a Sofía y se les ilumine la cara y el corazón. A su vez, la bella Sofía desvive por todas.

Afirman: “Dios ha sido el centro y pilar de la familia.  Doña Chey, Aracely y sus familias han vivido duras pruebas,  como el hecho de que don Ángel sufriera la enfermedad de Alzheimer durante 22 años. Pero su amor y fe inquebrantable las ha mantenido unidas, con admirable espíritu. La prueba más difícil, sin embargo fue la inesperada muerte de su tercer hijo, Marco quien falleció un 24 de Junio a las 4:00 a.m. del 2014. Exactamente un año después, el mismo día y a la misma hora, Dios se llevó a don Ángel, prueba infalible del amor y de la fe en que está cimentada su familia, y que es esperanza de una eternidad juntos. 

En estos momentos, los planes familiares incluyen una empresa de catering en la que Aracely y Elisa, con su inseparable Karla elaboran y entregan a domicilio platillos deliciosos inspirados en el vasto recetario familiar, aquellas ricas comidas que su madre les elaboró toda una vida.

Mientras escribíamos este reportaje, doña Chey y yo nos volvimos a encontrar, esta vez en misa, donde le informé que escribiría esta historia con todo mi cariño y con la ayuda de Dios.  Gracias Elisa y Aracely también por contarnos sus lindas y originales historias, que llevan más que implícita la importancia de la unidad familiar. Así nos despedimos (por ahora) de estas cuatro bellas mujeres que se aman tanto, ofreciéndoles nuestro cariño y admiración, que Dios las bendiga siempre. ¡Feliz día la madre!

(textos: AParedesL. fotos: Saúl Larios moda: Aldo Marcucci producción: MCasco styling: Katinas)

MAKING OF DE NUESTRA PORTADA: