Volvimos a viajar con el Padre Patricio Larrosa a sitios  que nos parecen tan lejanos de la Tegucigalpa que conocemos, pero que están muy cerca de miles de corazones que laten a océanos de distancia, en España especialmente. Regresamos para ver de nuevo la inocencia, alegría y gratitud de miles de niños. Constatamos una vez más como la pobreza material de miles de pequeños es opacada por la riqueza de pertenecer y la certeza de ser amados.

Cada día, los alumnos de las escuelas Santa Clara de Asís, Santa Teresa de Jesús, Virgen de Suyapa y (la nueva) Santa María dejan por un rato sus terribles carencias para entrar en el mundo creado por el Padre y cientos de voluntarios y vecinos que de cerca y de lejos apoyan ACOES, “Asociación Colaboración y Esfuerzo” con sedes en Honduras y España. “Ayudamos solo a los más pobres”, afirma el sacerdote católico, quien agrega que se siente agradecido él mismo por haber tenido la oportunidad de ayudar a miles de personas,  recordándonos esa frase tan repetida por  San Juan Pablo Segundo y Santa Teresa de Calcuta: “quien no vive para servir, no sirve para vivir”.

 

Hacia la escuela Santa Teresa de Jesús

La aventura comienza en el cuartel central del padre en Comayagüela, por la zona del Pedregal. A un grupo de cinco hondureños se nos unen el padre y don Luis Pedro Costillo, voluntario español del grupo de Honduras. Vamos de prisa,  con visitantes del municipio de Santa Elena (La Paz, por Marcala, sede de un proyecto rural), dos miembros de TEN, Canal 10 y la suscrita, editora de Cromos. Llegamos al final del anillo periférico por la zona del batallón, y nos dirigimos más allá de la represa Los Laureles, hacia los cerros más altos del Distrito Central. Subimos a las colonias Nueva Capital y Divino Paraíso, bordeando el cementerio. Sobre la calle de tierra, junto a dos conos neón aparecieron media docena de hombres un tanto “garrudos” a quienes el padre saluda como a viejos amigos, prometiéndoles galletas a su regreso.

Aquí es donde nacen y viven las maras y pandillas. Sin embargo, aquí también brota la esperanza, aquí  ocurren milagros. El pickup sin polarizar sube brincando entre surcos profundos pues ha llovido mucho desde la última vez que pasó por allí una aplanadora. Los barrios lucen más inhóspitos que cinco años atrás. Son cientos de casas de madera rústica o ladrillo rafón con pedazos de lámina por techo. “A usted lo custodian los ángeles” comentó Nancy Aguilar de TEN y el padre sonrió. Sabe que es cierto.

Escalando cuestas imposibles, llegamos al portón de la Escuela Santa Teresa de Jesús, con capacidad instalada para dos mil alumnos. Portones adentro, el bullicio y la actividad contrastan con la desolación del barrio.

Saludamos a los doctores Joaquín Roldán Ramírez y Ricardo Marín, catedráticos e investigadores de la Universidad de Granada, que dirigen el proyecto “Bombearte” con voluntarios europeos, que involucra a alumnos de magisterio en arte de la UNAH y a otros miembros de ACOES*. Los doctores Marín y Roldán conducían un taller de expresión artística con chicos de octavo grado. Un ancho lazo de cintas adhesivas conectaba la superficie de un escritorio con una pizarra de formica en la pared y sobre el “tape” se leen en tinta roja frases que los niños quisieran decir a sus maestros.

Mas allá un sector de la pared ubicado entre ventanales que dan a los barrios funge como otra “ventana” forrada con frases similares, esta vez dirigidas a su comunidad. Por aquí réplicas de pequeños pies y manos en yeso, y más allá en una mesa obras en proceso. Son ejercicios diseñados para expandir sus mentes, y hacerles ver la realidad como algo que ellos mismos son capaces de transformar. Los académicos dictaron tres días después la conferencia “Investigación basada en las Artes” en el Centro Cultural de España en Tegucigalpa, exponiendo un planteamiento pedagógico en proceso de análisis que propone la investigación del aprendizaje mediante el uso de imágenes en contraposición al abordaje tradicional, planteado estrictamente por escrito.

Salimos del aula y el doctor Marín nos muestra las instalaciones. A cada momento varios niños y niñas se nos acercan, nos abrazan, posan para las fotos. El doctor pregunta por la llave de la  clínica odontológica que pronto aparece. Se abre una puerta y entramos a una clínica dental completa, cuya tecnología contrasta fuertemente con aquel barrio. Donada por una hija dentista del doctor Marin  un año atrás,  “cuando la dejamos creímos que no la encontraríamos″ dicen, y ahora no solo está completa sino que cuenta con todas las instalaciones complementarias. Expresaron una y otra vez (a veces sin palabras) su sorpresa al relatarnos esto último, y otros cambios suscitados los cuatro años desde su primera vez en Honduras.

Distraídos entre el taller de arte y la clínica dental, habíamos perdido de vista al padre Patricio, quien estaba en las cocinas entrevistando a las madres solidarias con TEN. Los niños ya habían comido y se preparaban alimentos para la entrada del siguiente turno. El comedor en ese momento era una sala de cine, mostrando El Libro de la Selva a docenas de pequeños fascinados.

Caminamos  hacia el borde de las instalaciones de secundaria. Por mucho que lo intentamos, no logramos ver los enormes tanques de recolección, reciclaje y almacenamiento de agua que sabemos que están allí, porque los vimos la vez pasada. Resulta que el padre ha reforestado toda la ladera, y un bosque nos impide ver más allá del follaje. El Padre comenta lo difícil que resulta en España que algo crezca cuando aquí “con tirar semillas y cuidar lo sembrado crece  un bosque entero”. El tiempo apremia y subimos a un segundo piso de aulas nuevas construidas para alumnos de bachillerato. En ese momento se imparte una clase de literatura y hay versos escritos en la pizarra, sacados de un librito con Sonetos de Juan Ramón Molina, que nos muestra el maestro Josué Pérez, y rápido aprovecho enviar a Rolando Kattan, (amigo y gestor de este esfuerzo gratuito realizado con País Poesible años atrás con la Alcaldía Municipal) imágenes del momento.

El padre me interpela, sacándome del móvil. “Pide ver cualquier cuaderno” me reta. Y orgullosamente comienza a preguntar a los alumnos la cantidad de libros que cada uno ha leído este año: desde 40, 30, 20, 15. Pasa junto a los escritorios,  toma los cuadernos y allí, en ellos está lo que a mi personalmente me parece la esencia del milagro de ACOES. Cada página  de cada cuaderno está nítidamente presentada, cada ilustración de estos jóvenes ha sido cariñosamente dibujada, limpia, en un orden pocas veces visto en ninguna escuela hondureña así, en el 100% de los alumnos de una clase, o de cualquier clase de las cuatro escuelas. Cada letra, cada línea, cada palabra escrita con primor. Un verdadero milagro y un pasaporte a la libertad.

Hacia la nueva escuela Santa María

Pero había más aquella tarde y debíamos correr. Subimos al pickup y pasamos por donde cinco años antes solo había matorrales. Otra paila estacionada frente a una iglesia en construcción indicó la presencia del sacerdote, artista (y cómplice evangelizador de Padre Patricio) el Padre Ramón Martínez, de visita supervisando un templo de concreto que está construyendo de los muchos que ha realizado. Unos minutos para hacernos fotos, l padre Ramón que es muy alegre (como no va a serlo)… y para adelante que pasaba el tiempo.

Desde la verde planicie, se veía toda Tegucigalpa abajo, y a un costado una línea de zapatas y pilotes, marcaban los límites de la nueva escuela, en la que ya funcionan dos aulas, una cocina y retretes. A lo alto del cerro un grupo de niños sentados en la grama corre a abrazar entre todos al padre Patricio. Las imágenes del padre con los pequeños quedaron plasmadas por las cámaras de Jorge  de TEN y Nancy, quienes aprovecharon la belleza del paisaje para entrevistar al padre Patricio. Saludamos a tres voluntarios, Ivanna de Bulgaria, Nuria y Álvaro de España.

El padre conversó con dos madres solidarias, en ese momento sirviendo de comer a tres pequeñines con su hermanita mayor, de unos seis años de edad. Sus rostros lo dicen todo.

Caía el sol y sin un alma a la vista, rodamos hacia abajo por aquellas cuadras y calles destrozadas hasta los portales de la Escuela Nuestra Señora de Suyapa, también en afanes artísticos. Al entrar nos disculpamos con voluntarios que hacían un ejercicio con alfombras, y caminamos directo hasta la parte de atrás. El padre nos muestra el hermoso bosque sembrado desde nuestra última visita. ¡Increíble tanto cambio!

A prisa, sin perder un minuto, bajamos por las aulas a ver la construcción de un nuevo sector de apartamentos para voluntarios con una vista que ya la quisieran tener varias casas de Tegucigalpa. Sobre la loma vecina, notamos que allá también hay bosques nuevos. Es obvio que los vecinos imitaron el ejemplo del padre y reforestaron también. Apurados por llegar a tiempo a la Escuela Santa Clara, compartimos impresiones de los planes en marcha con dos guapos voluntarios españoles. Entramos también a un aula para niños con necesidades especiales. “Es muy alta la cantidad de niños con discapacidades en esta zona”, cuenta el padre, lanzando una estadística. Cada escuela acoge a estos niños, quienes reciben estimulación especial, porque aquí no se discrimina. Saludamos a dos maestras ocupadas de una pequeña.

Retomamos el rumbo a Santa Clara de Asís, ¡ Había tanto qué ver aún! Al pasar por la posta de los “garrudos”, el padre les entrega las cajas de galletas que resultaron ser barras de granola con chispas de chocolate a colores que ACOES recibe por contenedores. Atrás quedaron los mareros comiendo felices, y llegamos a la última escuela, ubicada en un sitio totalmente urbanizado, a punto de concluir el turno de la tarde. Pasamos los portones de una escuela más pequeña pero abarrotada de alumnos y el padre lamenta no haber solicitado en su momento un predio más grande. Ni se imaginaba lo que sería esto, pensamos. Nos lleva a un ala con residencias de maestras que vienen del interior de Honduras. De la cocina en ese momento iban saliendo pupusas de quesillo (me ofrecieron una y casi me la respiré). Agradecida, le pregunté al padre por la capilla, que allí estaba cerca, en el ático de la misma cocina. Subí las gradas y me puse de rodillas junto a la señora de Marcala. Habíamos visto tanto en tan poco tiempo y un altar nos pareció perfecto. Ambas agradecimos en silencio tanto fruto. Arriba, adelante.

No hubo descanso ni silencio, el padre iba a mil. Cuenta que esta escuela costó más trabajo concluir, con fondos de la Junta de Andalucía, el gobierno de Canadá, Taiwan, en fin. Las maestras  también ofrecieron sus testimonios. Prefieren ser parte de ACOES que de otro sistema. Les llena más compartirlo todo que ganar más dinero en otro lado, comentan. Salimos de las residencias, atrvesamos las canchas y rodeamos las aulas frente a la calle por las que ya caminaban alumnos del sistema educativo público. Mientras rodeamos la escuela, el padre Patricio nos corta unas pequeñas rosas del jardín, él está lleno de detalles. Cruzamos un pasillo y nos muestra un pozo que provee suficiente agua a la escuela.  Nos lo quiere mostrar todo, y me marea tanta información, recordando una misa a la que asistí allí mismo y que fue celebrada por S.E, Cardenal Rodríguez un par de años atrás. A la puerta de otra aula veo una cortina multicolor de piezas recicladas que me recuerda a mi hija de siete años, ¡Cuánto quisiera haberla traído! No lo hice porque en el fondo a mí también me daba miedo por ella, aunque en mi caso personal fui más curiosa que cobarde y en fin, allí andaba.  El viaje llegaba a su fin, y como ocurrió la vez anterior, sentí deseos de quedarme a ayudar. El dinamismo de la gente, del padre, de todos los involucrados es una fuerza que te llama, que te impulsa, que motiva. Pero debimos regresar a la realidad, desde la que escribo estas letras que me cuesta soltar.

Finalizo pidiendo aplausos y más aplausos para el Padre Patricio, aplausos para los graduados y para los hondureños becados a España (22 hasta la fecha), y para los voluntarios (121 de España, dos canadienses y 112 de Estados Unidos solo en 2017). Aplausos y abrazos de oso también a las madres solidarias. A los alumnos, y a esas colonias que hoy son auténticos jardines de esperanza.

Aplausos de pie señores, porque hoy la educación le gana a la indigencia. Y ocurre aquí mismo en nuestra Honduras, donde viven y ayudan  manos que construyen, que siembran y alimentan. Manos que transforman desiertos en montes donde la fe y el amor fluyen como agua, a raudales. Manos y pies, mentes y corazones venidos desde lejos, conmovidos por ayudar, deseosos por entregar, educar, compartir. Y hacer lo que los hondureños pocas veces hemos hecho, dedicar tiempo a los que no tienen nada.

Hoy el Padre Patricio Larrosa sigue construyendo, sembrando y ayudando a cuidar estos jardines, podando los brotes donde nace la esperanza de este pueblo tan castigado a veces con un desprecio implacable.

Aprendamos de ACOES, de este magnífico esfuerzo, que aquí y así es como germina el futuro de nuestros pueblos.

*ACOES en 2017 fue finalista para un Premio llamado Princesa de Asturias (hasta 2014 Principe de Asturias, considerado el más importante de España).